No tengo ni la más remota idea de que coño cantaban aquellas dos italianas y lo cierto es que no quiero saberlo. Las cosas buenas no hace falta entenderlas. Supongo que cantaban sobre algo tan hermoso que no podía expresarse con palabras, y que precisamente por eso te hacía palpitar el corazón. Os aseguro que esas voces te elevaban más alto y más lejos de lo que nadie viviendo en un lugar tan gris pudiera soñar. Fue como si un hermanoso pájaro hubiera entrado en nuestra monótona jaula y hubiese disuelto aquellos muros, y por unos breves instantes, hasta el último hombre de Shawshank se sintió libre.
Claro que al alcaide aquello no le gustó nada…
